El power trío cordobés visitó la ciudad y Abbey Road fue el escenario que eligieron para abrir su 2016, año que suena prometedor si tenemos en cuenta que su cuarto álbum de estudio está cada vez más cerca de ver la luz. La banda marplatense Krakovia fueron los teloneros, quienes en media hora pusieron los oídos de los presentes alerta. Lo que se venía eran casi dos horas de rock. Rock del bueno. Rock del fuerte.
Media hora pasadas las 22 los Krakovia salieron a escena. Para ese momento ya estaba adentro la gran mayoría de la gente. Desde fines de 2011, fecha de su creación, vienen pisando fuerte en la escena local. Una banda que ya le hizo de banda soporte a Eruca Sativa hace un par de años. Su estilo recorre todos los ánimos del rock. Desde lo más tradicional, hasta lo más hard rock, con sus leves momentos de heavy.
La voz de Jorge Castro es el punto clave del cuarteto. Se suma a una masa de buenos riffs a cargo de la guitarra de Cesar Mendoza, quien es respaldado con dos rítmicos de oficio como Adrian Seijo y Diego Lorenzo (bajo y batería, respectivamente). Sus performances dejan a sus canciones muy bien paradas ante el público que se renueva constantemente en sus presentaciones. Actualmente se encuentran grabando su primer laburo de estudio. Todas las expectativas puestas en ese estreno.
Hasta las 23:30 tuvo que esperar el público para dejar salir toda la euforia. Se abrió el telón por segunda vez y comenzó a sonar Fuera o más allá. Pogo desde el minuto cero. El orden no volvería hasta dentro de un par de horas. Lula Bertoldi se llevó a todos por delante con su voz todoterreno, Gabriel Pedernera pegó en el pecho de cada uno con sus parches, y Brenda Martin dejó, como siempre, a todos con la boca abierta por su virtuosismo en el bajo.
Recorrieron sus tres álbumes de estudio: La carne, Es y Blanco. Además se dieron el lujo de realizar dos covers: Eleanor Rigby, de The Beatles, y Corazón Delator, de Soda Stereo. Dos versiones con su sello distintivo. Ese que va de 0 a 1000 decibeles en un segundo. Ese que va del sonido limpio a las más sucias distorsiones y gritos. Ese que sus fieles seguidores aman.
Con respecto a lo nuevo, no hubo novedades (valga la redundancia). Tocaron su único sencillo lanzado hasta la fecha, Nada Salvaje, que, por cierto, despertó uno de los pogos más furiosos de la noche, a pesar de que se estrenó hace poco tiempo. No se encargaron de ofrecer ningún otro detalle o destello de algún posible estreno. La paciencia se debe fortalecer por el momento.
Una noche de disfrute. ¿Reproches de alguien?, no lo creo. Lo único negativo, de cierto modo, se dio cuando tocaron Mi apuesta, versionada como en Huellas Digitales, donde la guitarra acústica de Bertoldi tuvo un volumen ínfimo. Más allá de eso, su interpretación fue perfecta. No es novedad su meticulosidad a la hora de ejecutar. Magoo fue el tema de clausura. Las piernas y gargantas cansadas de los presentes es un buen síntoma y reflejo de que el recital cumplió con su cometido.
Pasó la banda argentina con mayor proyección y crecimiento del momento. La nueva gira que comienza y el inminente nuevo disco serán la prueba de fuego. Lograr mantenerse y poder anclar en el éxito de llenar un Luna Park, como lo hicieron a fines del año pasado, es lo ideal para cualquier banda. Ya están en las ligas mayores, ahora todo queda a su merced.
Parteplaneta volvió a la ciudad. Una vuelta que muchos esperaban y ansiaban. El retorno de una banda que crece y crece, y pide permiso en el mainstream de la escena nacional. Casa Rock fue el sitio que eligieron para desplegar su potencial, y No y Mero fueron las dos bandas marplatenses que dispusieron para abrir el show.
No fue la primera que salió a escena. Ofrecieron una lista de temas de 40 minutos, en cuyo transcurso hubo rock, con partes pesadas e interludios de arpegios a cargo de la guitarra. Hay que decir que la performance del trío, compuesto por Luis López Viera, –guitarra y voz- Matías Pippia, –batería- y Pablo Cauda –bajo-, estuvo afectada por un muy mal sonido y ecualización. Su interpretación corre por otra cuenta.
Llegó el turno de Mero, que anunció que en breve lanzarán su álbum debut. Una banda que presenta a tres guitarristas que tienen bien definidos sus roles: Martín Dichiera, que cumple el papel más melódico y por momentos líder; Leo Pino, que se ocupa del cuerpo de la música, a base de power chords, pero que también tiene espacio para solear; y Antonio Torres que, si bien su papel principal es la de vocalista, también toca la viola en muchas canciones, en un estilo bien rítmico y acotado.
La banda la completan Santiago Ciccarelli, en batería, y Federico Andueza, en bajo. Ambos son el sostén de Mero, y tuvieron una noche espléndida. La batería es incansable y el bajo se las rebusca para tirar sus líneas y no quedar atrás entre tantas guitarras.
El pop-rock que interpretan tiene su punto fuerte en las interpretaciones vocales. Torres posee un buen rango, y lo explota al máximo. Busca partes emotivas, pero cuando tiene que pudrir la voz, lo hace, para que la distorsión llegue y se ponga más interesante la cosa. Los coros de Pino y Ciccarelli acompañan de maravilla.
Luego de las 23, Parteplaneta subió al escenario, y comenzó su gran noche con la intro Elevan Millares, seguido de Sin Rostro, pertenecientes a su más reciente álbum, Arcos. Su líder, Luciano Farelli, la descose, tanto en la viola como con su voz. El bajo de Fernando Romero Bucca desde un principio sonó espectacular: bien definido y con mucha presencia. Y la batería de Manuel Cena hizo temblar todo.
Un trío que completa todas las expectativas que se le puede exigir a este formato de banda. La voz de Farelli es bien áspera y te levanta un muerto con su poder. Tiene a su favor una buena segunda voz como la de Romero Bucca, que es mucho más aguda y es su complemento perfecto.
Su rock tiene alma grunge, pero hay pasajes más lentos y podridos, dignos del stoner. Son bien ruidosos, no te dan un segundo de respiro, ni un minuto de calma. Su sonido es masivo y distorsionado. El punto cúlmine de su presentación fue el cover de Afraid Of Americans, perteneciente a David Bowie. Una garra y energía que contagia a cualquier público.
El Teatro Auditorium fue el escenario del Mar del Plata Indie Rock, el evento que juntó a tres bandas: Wild Nothing, llegados desde Estados Unidos, y los marplatenses de Río Pardo y Altocamet. Una cita de 3 horas con todos los condimentos del rock alternativo que vive un nuevo auge de popularidad.
La sala Astor Piazzolla fue el sitio a musicalizar. Posterior a degustar cerveza tirada, cortesía de Brew House, el público se dispuso a aguardar por el inicio de una noche atípica de martes: el debut de los norteamericanos en la ciudad y la primera actuación en el Auditorium de los veteranos de Altocamet y los novedosos Río Pardo.
El reloj marcó las 20 cuando la fiesta inició. Una pieza instrumental fue la que eligió Río Pardo para abrir la noche. Estaba cargo de un sintetizador protagonista, en la que el bajo, la guitarra y la batería acompañaron pasivamente. Llevaron adelante un set de 30 minutos. Tiempo suficiente para dejar expuesto su enorme potencial.
No son sólo una banda en sus inicios. Recién estrenaron un tema, India, el cual interpretaron, pero tienen material por demás interesante. Su sonido se marca por un groove lento, los sonidos son limpios, prolijos y atmosféricos. Tienen pasajes bien funky, comandados por las variables rítmicas del bajo, apoyado por una batería inmutable que suena justísima y los rasgueos incansables de la viola.
Entre los 4 integrantes se crea un ambiente espectacular. No hay desperdicio, no hay baches. En su lugar hay cuerdas, efectos, delay, reverberancia y canción. Mucha canción. Su punto fuerte son los momentos instrumentales que se fundamentan en la simpleza y su búsqueda de emotividad mediante matices exquisitos.
Los siguientes 40 minutos estuvieron a cargo de Altocamet, que comenzaron su performance cuando el telón todavía no se abría. Un sintetizador predominante, pero delicado, llevaron adelante la primera canción, a cargo de la voz femenina de Mariana Monjeau, en un ritmo invariable.
Sus destellos brillantes pasaron por aquellos momentos flasheros y eclécticos de sonidos electrónicos, pero también en esos minutos en que la guitarra tomaba mayor protagonismo. La sección rítmica merece una mención destacada por la gran conjunción lograda entre la bata y el bajo.
Uno de los atributos característicos de esta banda es la conexión que existe entre las voces de Adrián Canu Valenzuela y la ya mencionada Mariana Monjeau. Son voces simples que se amalgaman a la perfección. Más que dúo, cumplen el papel de una voz doble, lo cual no es lo mismo.
Una presentación que deja en claro que siguen tan vigentes como cuando iniciaron, allá por la década del ’90. Tal es así que hubo mucha promoción de su laburo más nuevo. Haber llegado a la Piazzolla, junto a Wild Nothing, es algo que destacaron.
Ahora era turno del título mayor. Wild Nothing, proyecto liderado y creado en 2009 por Jack Tatum, apostó a venir a Mar del Plata, la única ciudad no capital de todas las que visitará en su gira por Sudamérica.
Su lista de temas, que ocupó 1 hora, fue puro disfrute, éxtasis y melodías. La banda sonó espectacular en todo momento. El bajista tuvo una ejecución perfecta, en una música en la que su instrumento es crucial; las dos guitarras se distribuyen muy bien sus roles; el baterista marca la diferencia con ritmos y contratiempos originales; y el tecladista es el toque final, la frutilla del postre, quien lleva todo más allá.
Pero otro rasgo para destacar es la voz. La música es para la voz. La música es por la voz. La música es con su voz. El producto sería nulo sin ese factor. Tatum no es portador de una voz virtuosa, ni jugada, pero sí es la indicada, que significa mucho más.
Los ritmos medios son su zona de confort. Ahí todos se desempeñan con grandeza, y todos los instrumentos tienen su momento de brillantez. Los matices hacen que se deje de lado las composiciones complejas, ya que no es necesario que mute la sección instrumental de los versos. Algo muy difícil de lograr.
Fue una noche de satisfacciones para todos, tanto para el oyente, como para los músicos. No hizo falta que se complete la capacidad de la sala para que haya un clima de calidez. Una movida linda que merece más adeptos. Una movida que, sin dudas, se tiene que repetir, por el bien de todos.
El pasado viernes tomó sitio en Casa Rock una misa de rock progresivo. Por un lado estuvieron los debutantes en la ciudad (llegados de Córdoba), Sur Oculto, con sus toques de música bien pesada y distorsionada. Por el otro, a modo de teloneros, tocó Hey, la banda marplatense que aprovecha para meter su lado psicodélico en las interpretaciones.
Poco más de 1 hora tocaron ambos, antes de dejar lugar a una banda tributo de la ciudad (Celina). Tiempo y espacio suficiente para hacer temblar los cimientos del bodegón. Dos bandas que no necesitan de una voz líder para capturar fanáticos. Ellos, con sus instrumentos, se encargan de que no se extrañe ese factor.
La propuesta de Hey inició en ritmos desenfrenados, bien trabados e indescifrables. Luego mutó a algo más ordenado y melodioso, en donde se apuntaba, con el paso de los minutos, a desencadenar en un clímax ideal. Ambas propuestas fueron ejecutadas con grandeza y el transcurso de su presentación fue por demás entretenida.
Del lado de Sur Oculto, vimos al trío, compuesto por bajo, batería y teclados, en todo su esplendor. Todos los instrumentos tienen su momento de solista y se vuelven protagonistas. Es un sonido masivo, pero agradable a la vez. Un bajo de 6 cuerdas que maravilla y lleva las riendas de sus compañeros hacen de su música un vaivén sorprendente y virtuoso.
El sonido cumplió. Pudo ser mejor, claro, pero Casa Rock tuvo noches peores con respecto a inconvenientes técnicos. En fin, fue una noche positiva para aquellos músicos y oyentes que apuestan por un estilo de música llevado adelante de una forma poco convencional, como es la de dimitir de un vocalista.
14/08/15 - La banda marplatense, Destino Incierto, presentó su tercer álbum de estudio, De Mi, en Abbey Road. Con todas las mesas ocupadas y mucha gente parada, tocaron en su totalidad el nuevo material. Hubo covers e invitados. Una hora de música de un conjunto que parece finalmente haber encontrado el camino, el estilo y la forma.
Era la hora 22 cuando las pantallas a cada lado del escenario reprodujeron el estreno del video oficial de la canción homónima de De Mi, el primer corte difusión. Luego de eso se abrió el telón para dejar ver a los músicos, ya dispuestos para comenzar con el recital. Su rock, duro por momentos y melódico por instantes, estaba listo para sonar.
Sin alterar el orden, tocaron todas las nuevas canciones: Tu Poder; siguió Vida, una de las más pesadas y densas del disco; Esta vez; Siento y la balada Pensado Para Vos. Interrumpieron el set para interpretar Juego Perverso, para luego retomar con la nueva versión de Vívelo; el cover de Cicatrices (Papa Roach) junto a Natalia Nekare, que con su voz llevó la pieza a otro nivel de emotividad; y Pánico, la primera que Max Montagna -líder y cantante- escribió para este disco, que trata sobre sus ataques en un tiempo pasado de crisis; una de las mejores.
Llegó el turno de N.E.W, la canción de mayor potencia del repertorio, la más eléctrica y con el mejor estribillo. Luego tocaron un medley compuesto por distintos riffs famosos, entre los que destacaron Iron Man, de Black Sabbath, Beat It y Smooth Criminal, de Michael Jackson, entre otros. El momento para lucirse de los violeros. Los aplausos aún se escuchaban cuando comenzó Sueles Dejarme Solo, de Soda Stereo, a modo de homenaje a Gustavo Cerati.
Se presentó a los músicos: Martín Monge -bajo y coros-, Martín Dichiera y Facundo Goyca -guitarras- y Osvaldo Fulco -batería-. Junto a ellos estuvo Rinton, la voz de Pino, quien también se encargó de los sintetizadores. Montagna llamó al escenario al productor del disco, Andy D'Amico, para tocar Hoy, una de las canciones más famosas de la banda. Y terminaron con De Mi. Todo como empezó.
Una noche de la que los integrantes de la banda deben sentirse a gusto. La voz más clara y prolija que nunca. Los solos de guitarra muy buenos. La batería sonó excelente, como es de costumbre en Abbey Road. El bajo poco audible esta vez, pero Monge se rehizo con buenos coros. Y los invitados más que a la altura. Potencial de sobra para lo que viene.
El motivo de esta crónica será más personal que las anteriores: se tratará de un recorrido literario sobre la última semana que estuve en el norte argentino. No a modo de un diario viajero, sino haciendo hincapié en lo que este blog aborda: la música.
Se trató de un simple viaje familiar, pero cada cual tiene sus intereses y pasiones, las cuales no abandona ni en vacaciones. Por lo tanto es imposible no entusiasmarse por vivir siete días en la cuna del folklore: Salta.
Ni bien llegué, un domingo, se llevaba a cabo una feria sobre la calle Balcarce. Entre pavadas y artesanías, había talentos: músicos que vendían instrumentos construídos por ellos mismos. Allí conocí, por ejemplo, a Miguel Ayala, amante de los instrumentos de viento, sobre todo de las quenas. Construídas en caña tacuara, las vendía a valores no mayores de cien pesos. Me contó que se dedica a eso: tomó clases de luthería y actualmente se desempeña como maestro de música en una escuela primaria.
Quería comprarle una de sus creaciones, por más que no supiera tocar. Su fanatismo era contagioso. Probaba todas las que estaban sobre el mantel de una mesa menor para que pueda oír cada sonido de ellas. Las tomaba, posicionaba sus manos, cerraba los ojos, mojaba los labios -que parecen nacidos con la forma de esa boquilla- y con uno de sus cachetes inflados por la coca, comenzaba a soplar. El viento ya se había transformado en dulces notas.
"Tenés que domarla a la quena. Cada uno elige la que le sienta mejor, con la que se sienta más cómodo. Yo acá tengo la mía, y para mí no hay como la mía -decía mientras la sacaba de su bolsillo costado-".
A los pocos puestos me encontré con un percusionista. Justo estaba terminando de tensar el parche de uno de sus instrumentos. Me hablaba de ellos con el mayor entusiasmo y emoción. Me invitaba a probar cada uno. Era realmente instruído, incluso me explicó las relaciones matemáticas que tiene que haber entre la base y el cuero para conseguir el mayor provecho acústico.
"Este quedó buenísimo, y cada vez quedan mejor", decía orgulloso. "Al principio estaban más o menos. Le pido perdón a los que me compraron los primeros, pero con algo había que empezar", me explicaba entre risas. Y sonaban realmente bien. En este caso, la falta de espacio físico para traerlo a mi ciudad me impidió alguna compra: tenía un cajón peruano, bongós y muchos elementos percusivos con distintos nombres específicos que no recuerdo. Todos fabricados con madera de pino.
En una de las excursiones, camino a Cafayate, pasando los 2000 metros de altura sobre el nivel del mar, había un salteño tocando un pequeño intrumento de viento: la ocarina. Había de ellas por todos aquellos puntos turísticos, pero estas fueron las que más me gustaron. Su nombre está tallado en ellas, Franco Jara, y están hechas con arcilla. Cada una tenía un dibujo en la parte superior. La que le compré tiene inscripto un cardón. Se tomó la molestia incluso de enseñarme la posición de los dedos para las distintas notas.
Ya en destinto, esperando que sea el momento de volver a la capital de la provincia, me detuve unos minutos en la plaza principal donde había un hombre de unos sesenta años tocando la guitarra. Sentado sobre su amplificador de no más de 10 watts, su criolla sonaba de lujo. Tocó piezas folclóricas exquisitas y de manera muy prolija y calma. La multitud que caminaba no lo distraía de su tarea.
Como la mayoría de los músicos callejeros, tenía a sus pies un sombrero en donde, quienes desearan, dejaban algún billete o moneda a voluntad. También tenía discos de su autoría, en colaboración con otro guitarrista, a la venta. Su cabellera blanca y dedos sin fin, que se movían como arañas por el mástil del instrumento, sacaban una sonrisa a cualquiera.
En el trayecto hacia Humahuaca, Jujuy, ocurrió algo similar. Por ejemplo, conocí a un flautista cuyo seudónimo era Wamani, que me dijo: "Significa dios del viento y espíritu de la montaña en quechua". Y ya con una sonrisa: "Porque soy libre y no soy de nadie". Tenía a la venta seis discos suyos, y en ellos versionaba grandes clásicos, de los más variados, como La Isla Bonita, de Madonna; Mariposa Traicionera, de Maná; Vivo Por Ella, de Andrea Bocelli; entre otros.
En muchos de los puestos que vendían mochilas con la bandera Wiphala o pulóveres que pican, había niños de quizás diez años tocando quenas y similares con gran destreza y la mayor de las naturalezas. Como si fuera algo realmente incorporado en su genotipo. Una costumbre verdadera y hereditaria.
Aquel día me tocó un guía macanudo y hablé con él al respecto: Ariel es salteño y su profesión es coordinar paseos turísticos por su Salta natal y alrededores. Me decía que "acá tenés que saber tocar algo". "La guitarra, un poco de quena, un poco el bombo, o aprender a cantar. Si no tocás nada te quedas afuera del sistema, ¿entendés?", me contaba riéndose, pero con sinceridad. "No te invitan a las guitarreadas entre amigos. Además es primordial para levantarte a alguna minita".
Fuimos a almorzar al Hotel Turístico del pueblo. Justo antes de que llegue la comida apareció un trío, y se paró enfrente de todos. Uno de ellos los presentó como Los Compadres. En ese momento fue cuando Ariel se acercó a mí para contarme quién era el encargado de los vientos: José Castro, un coya que tuvo la oportunidad de tocar en Tilcara, junto a Divididos, Guanuqueando, obra del gran Ricardo Vilca, uno de los mayores exponentes andinos del género.
Con él alternando entre zampoñas, sicus y quenas; un muchacho más joven encargado del bombo; y un guitarrista, interpretaron distintas canciones. El conocidísimo carnavalito de El Humahuaqueño, la ya mencionada Guanuqueando, el tango La última copa, y Juana Azurduy. Un lujo.
Para contrastar, en la misma jornada conocí a un fotógrafo, Marcelo Caballero. Hablamos un poco de arte en general. La conversación inició cuando se fijó en mi remera de Black Sabbath. Coincidímos en la maestría del guitarrista Tony Iommi, las etapas de Ozzy Osbourne y Ronnie James Dio, y luego se diferenció de mí: "Yo era más de Zeppelin. Te estoy hablando de la década del '70". Para meter un poco de distorsión y rock al texto.
En cualquier lugar, en cualquier plaza, aparecían conjuntos o solistas para tocar y musicalizar el invierno. Incluso la última tarde, pasaba por entre las mesas de un restaurante, una joven que tocaba el acordeón. Despertó varios aplausos. Era una músico viajera y sonriente que interpretaba tangos. Cada uno se ganaba una merecida propina por mostrar su innegable talento y capacidad.
El norte argentino cuida y ama aquello. Cuida y ama a aquellos próceres guitarreros y cantores. Las peñas que hay en la mayoría de los bares es sinónimo de eso. En toda Salta suenan e idolatran a sus hijos pródigos -caso Nocheros-. En Jujuy los más pequeños, también forzados por la necesidad, ofrecen cantar coplas. Pero el sentido de pertenencia con respecto a la raíz folclórica está. Los grandes, como Los Tucu-Tucu, Jorge Cafrune, Los Fronterizos, o Los Cantores del Alba. siguen estando en cualquier intérprete. Un deleite al oído pasearse por allí. Melodías que embellecen aún más aquellos paisajes.
La cantautora santafesina, Marilina Bertoldi, se presentó ayer por la noche en la sala Melany del Centro de Arte RadioCity + Roxy + Melany de Mar del Plata en el marco de su Set Solo.
Con la mitad de las butacas ocupadas y un escenario íntimo, con tres guitarras dispuestas, el público esperaba la salida de la protagonista. La finalidad era repasar canciones de la ya extinta Connor Questa, de la cual Bertoldi era líder, y de sus dos álbumes solistas realizados hasta la fecha.
Ni bien saltó a escena, se supo que la intérprete iba a llevar la música a una faceta primitiva: ella sola con su guitarra y un controlador de loops. Con sus palmas grabó ritmos, a modo de percusión, creando secuencias que se repitieron a lo largo de las canciones. Sobre ellas dibujó melodías con su guitarra eléctrica modelo SG o su Fender acústica. Todo de base para dar protagonismo a su mayor y mejor instrumento: su voz.
Bertoldi es multifacética. Puede cantar piezas simples, al mejor estilo pop, pero enseguida saltar a líneas rabiosas y transformarse en una cantante de grunge, o pasar a unos agudos dignos de soprano. Sus pies van de aquí para allá, apretando y experimentando con los switches de cada pedal de efecto. Fácil hay diez de ellos ahí abajo. Una one woman band (una mujer banda) con todas las letras.
Se dio el lujo de tocar algún cover, pero el más impresionante fue Feeling Good de Muse, donde se pudo ver todo su potencial como cantora. Una cantora genio. A mitad del show invitó al escenario a Luciano Farelli, guitarrista e integrante de Parteplaneta, quien además produjo el último disco de Marilina, La presencia de las personas que se van. Tocaron en conjunto dos canciones que, como anticipó ahí mismo, pertenecen a un nuevo proyecto que integrarán ellos dos junto con otros músicos.
En su primera visita a la ciudad como solista, la Melany fue el lugar perfecto. La interacción con los espectadores fue divertida, lo que hizo amena la ocasión para que se sitúe sola sobre un escenario, en donde no le tembló nunca el pulso para cantar, gritar y bailar. El sonido simple cumplió su cometido y fue correcto. Incluso se permitió tocar la última canción con su acústica desenchufada, sólo amplificada por el poder de su caja. La cara angelical ofreció momentos de máxima sensibilidad y delicadeza y otros más rockeros, los dos a la misma altura en el orden cualitativo.
¿Lo malo? La duración: escasos 50 minutos. Media pila.
24/05/15- "Nos cuesta mucho improvisar", dijo Tony Levin, ayer por la noche en el Teatro Roxy de Mar del Plata, en el marco de la presentación de su banda, Stick Men. El sarcasmo con el cual lo dijo, despertó la risa de los espectadores, cómplices de su sentido del humor.
Tres años hubo que esperar para que este trío progresivo vuelva a la ciudad. La última visita fue en el 2012, y el escenario fue la sala Astor Piazzolla del Teatro Auditorium. Esta vez le tocó al Centro de Arte ubicado en la calle San Luis.
El tridente en cuestión, está conformado por Tony Levin, revolucionario bajista y uno de los que popularizó el uso del chapman stick, reconocido por sus trabajos con King Crimson (donde actualmente se desempeña), Peter Gabriel, John Lennon, Steven Wilson y Liquid Tension Experiment, entre tantos otros; por Pat Mastelotto, baterista de renombre por su participación en la banda de rock Mr. Mister y por formar parte de King Crimson desde 1994; y Markus Reuter, músico y productor alemán de diversos géneros, célebre por ser uno de los precursores en el uso de la Warr Guitar, instrumento similar al chapman stick, ya que se ejecuta mediante tapping.
Los tres músicos, sin dudas, tienen un factor en común: la admiración por Robert Fripp, líder intelectual y compositivo de King Crimson. No hace falta más que ver la lista de temas que ejecutan en cada una de sus presentaciones para entender su fanatismo por el experimental guitarrista.
Pasadas las 21:30, las luces de la sala se atenuaron y unas melodías in crescendo aparecieron para dar pie a la aparición de Reuter, quien aportó notas que tornaron sombría la atmósfera . Ya con todos los presentes espectantes, saltaron a escena Levin y Mastelotto. Mientras uno desenfundaba su instrumento, el otro se posicionaba en su butaca detrás de su kit percusivo.
De entrada nomás, Vroom Vroom, de la ya mencionada banda de rock progresivo, empezó a sonar, lo que acrecentó la ansiedad de los oyentes. Parecía prometedor para las casi dos horas que le seguirían, no era para menos. El español forzado del líder del grupo hacía amena la charla con el público, e incluso se animó a doblar a este idioma una canción de su álbum Deep: la melancólica Crack in the Sky, la cual tradujo como Grieta en el Cielo.
Mastelotto se llevó todas las miradas con su sinfín de alternativas a la hora de tocar su batería. Los sonidos electrónicos que desplegaba, los pads sensibles y el uso de diversas herramientas para crear nuevas sonoridades (como un arco que frotaba los platillos) daban la impresión de una banda sonora gigantesca en torno a su imagen.
De propia autoría tocaron escasas piezas, entre ellas, Soup, ya habitual en sus repertorios, la cual va tomando cierto conocimiento entre quienes vieron a la banda en más de una oportunidad. Luego se ocuparon de versionar y zapar sobre composiciones ajenas: tocaron Breathless, de la etapa solista de Fripp, e incluso unos movimientos de The Firebird Suite del compositor y director de orquesta ruso, Igor Stravinsky.
En una entrevista con Marcelo Gobello, Levin dijo: "Somos tres, pero tratamos de sonar como seis sobre el escenario". Y sin dudas el objetivo es cumplido. Son intérpretes muy versátiles y tienen a su alcance una infinidad de opciones, lo que hace posible que cubran una amplia gama sónica.
Si bien el show hubiera sido más espectacular con una iluminación acorde y sincronizada con algunas secciones de la música, es innegable el talento desplegado. La audiencia, en cuyos tímpanos aún resonaban melodías de Larks' Tongues in Aspic, se los hizo saber con aplausos y más aplausos. Levin, Mastelotto y Reuter han maravillado, otra vez.
12/05/15- Steven Wilson se presentó este martes en el Teatro Vorterix, en el marco de su nueva gira mundial que promociona su último y recientemente estrenado álbum de estudio, Hand. Cannot. Erase. Supuso la tercer visita del artista al país.
Buenos Aires progresó rock, digerió progresiones y explotó con la llegada del gurú del rock progresivo. Aquel artista multi-facético y multi-instrumentista, partícipe de numerosos proyectos, que hoy se centra en su carrera como solista, la cual comenzó con Insurgentes en el 2008.
La apertura de las puertas estaba pactada para las 18, lo que convocó a los ansiosos antes de lo esperado. Una hora y media después, y con dos cuadras de fila sobre la vereda que da a la avenida Alvarez Thomas, la gente tuvo el permiso para ingresar al establecimiento. La espera dio lugar a la observación del público heterogéneo que iba a presenciar el show: metaleros pelilargos; jóvenes prolijos; gente recién salida del laburo, bien vestida; cincuentones con chapas voladas; individuos que fumaban cigarrillos de marihuana, otros de tabaco; y escasísimo género femenino. Otro aspecto, como es de ocurrir en los recitales del género, fueron las numerosas remeras con logos de bandas: había de King Crimson, Led Zeppelin, Pink Floyd, Dream Theater, Génesis y Opeth.
Pasados treinta minutos de las 20 fue el momento para que las luces de la sala repleta se apaguen, se encienda la pantalla gigante detrás del escenario y comenzara a escucharse un sonido intermitente que se definiría en First Regret, pieza que abre el nuevo disco. Instante para que los cinco músicos salten a escena. Wilson vino acompañado por los ya habituales Nick Beggs -encargado del bajo, el chapman stick y los coros- y Adam Holzman -al mando del piano, el órgano y el sintetizador-. Luego acompañaron Craig Blundell, en batería, y Dave Kilminster, en guitarra, reemplazando a las ausencias esperadas de los que graban en estudio: Marco Minneman y Guthrie Govan.
Para sorpresa de muchos, Hand. Cannot. Erase. fue tocado en su totalidad -exceptuando Transience-. El acompañamiento de la historia narrada en las líricas por los videos proyectados, dio al espectáculo la magnitud de un largometraje, cuya banda sonora tocaba en vivo con su reproducción.
Más allá de las nuevas canciones, se escucharon composiciones de sus anteriores trabajos: primero Index, de Grace for Drowning; Harmony Korine, de Insurgentes; y The Watchmaker, del inmediato predecesor, The Raven That Refused To Sing...And Other Stories. También hubo lugar para una emotiva versión de Thank You de la cantante canadiense, Alanis Morissette. En esta sección, el músico inglés contó con comicidad acerca de sus influencias, dentro de las cuales incluyó a XTC, banda de la cual tenía puesta una remera.
Pero el mejor momento de la noche se lo llevaron las dos canciones de Porcupine Tree, antigua banda de Wilson, la cual se encuentra en un hito indeterminado. Tocaron Lazarus y, como frutilla del postre, la pesadísima Sleep Together. Oportunidad para los fans más añejos de desgarrarse la garganta cantando sus añoradas líneas.
Todo pareció terminar, pero luego de insistencias y cánticos, el quinteto salió a tocar una última pieza para concluír el recital: la sentimental y desgarradora The Raven That Refused To Sing se llevó todos los aplausos en una ensordecedora ovación acompañada, en algunos casos, por ojos inundados de emoción producto de casi dos horas y media de canciones ejecutadas casi a la perfección.
El reloj marcó las 23 y todo estaba como al principio: la sala vacía y su vereda llena de personas maravilladas y hablando entre sí anonadadas. Una gala que lo tuvo todo: agresividad y mucha potencia, momentos dulces y emocionantes, momentos de humor y momentos de terror a base de las imágenes exhibidas. La dosis perfecta para esa masa conformada por individuos tan diferentes que se unieron bajo un mismo aplauso. Todo redondeado en artistas que no escatimaron a la hora de tocar e hicieron valer cada centavo de su entrada.
Párrafo aparte merecido para el teatro, su sonido y su puesta en escena, no así para su organización horaria. Una sala con una acústica increíble, cuya cúpula en el techo emula una esfera sonora que atrapa al público con sus paneos. Decibeles y graves que destrozarían los cimientos de cualquier edificio se encierran en esas cuatro paredes, transformándose para el oyente en una experiencia única.
29/03/15- Decir que fue un domingo histórico podría sonar exagerado, pero así lo vivieron quienes pudieron ser partícipes de esa noche marplatense en el Teatro Radio City, en la que se presentó un conjunto de músicos consagrados de la escena del jazz, unidos bajo el nombre de Mike Stern Band.
Y es que no es cotidiano que se presente una leyenda de su instrumento*, acompañado por ejecutantes de otros tan valorados; menos que menos en un escenario tan íntimo. Pero así fue, así apareció en la ciudad Mike Stern, con su Telecaster colgada; escoltado por Dave Weckl, quien enseguida tomó su lugar, sentado en la butaca detrás de los parches; por Tom Kennedy, estático con su bajo frente a su amplificador; y por Bob Franceschini, que terminaba de acomodar un pie en donde luego descansaría su saxo.
Se afinó la guitarra y comenzó el espectáculo: un riff simple que se mantendría a lo largo de varios minutos fue el momento para que cada uno de los personajes se presentara ante los espectadores demostrando sus dotes musicales. Ahí estaba el violero con seis nominaciones a los Grammys tocando para la sala completa, ese mismo que supo tocar con Miles Davis y tantos otros, ese de la sonrisa inconfundible.
Rápidamente, el cuarteto pareció formado por dos matrimonios: por un lado estaba Kennedy con Weckl, exquisito baterista que supo tocar con Chick Corea y ganador de un Grammy; ambos iban de la mano, su bombo con sus graves, tal corazón y su pulso. Por el otro, Stern con Franceschini, quienes dibujaban melodías paralelamente; uno haciendo hablar a su viola y el otro haciendo chillar a su saxofón.
El líder de las seis cuerdas no se quiso perder nada, inclusive quiso observar esa gala jazzística que estaba tomando sitio allí mismo. Fue cuando se encontró una utilidad para la silla que estaba dispuesta al lado de sus dos amplificadores, ahí se sentó para escuchar a sus tres compañeros, a quienes incluso aplaudía y arengaba con sus "yeah baby".
Con todas las referencias dadas, es entendible el porqué de las múltiples ovaciones y la razón por la que el público se puso de pie tres veces. El plus de la versión de un blues de Jimi Hendrix hizo que se ganen tres verbos fundamentales para detallar con exactitud lo que fue su presentación: estos tipos jazzean, funkean y, por sobre todas las cosas, rockean.
Se hizo la medianoche, la hora y media de música pasó como un tren, y quien da nombre a la banda no se cansaba de saludar y agradecer, lanzando carcajadas al ver la efusividad de los espectantes. Su buena onda y su pinta de cortesía sincera se hicieron efectivas cuando, minutos más tarde de que se vaciara el teatro, se hiciera presente en el hall del Centro de Arte RadioCity+Roxy+Melany para firmar autógrafos y sacarse fotos con quienes todavía aguardaban por su salida.
Pasarán varios días hasta que se vayan esas sensaciones del golpe en el pecho que transmitía la batería, de que tiembla el piso por esas notas de alto voltaje, y de los estremecimientos que provocaban esas interpretaciones exquisitas. Pasará el tiempo para volver a tener oportunidad de asistir a tamaña cita.
+Una de las piezas que se escuchó:
*Mike Stern fue galardonado como una leyenda certificada de la guitarra por la revista Guitar Player en el año 2012.
Miércoles. Séptimo día del 2015. El Plan de la Mariposa abre el año, vuelve a los escenarios y lo hace nuevamente en Mar del Plata. El acontecimiento tomó sitio en Casa Rock, Córdoba 2580, para llenar de éxtasis y baile la costa.
Pasaditas las 23 marcó el reloj cuando los oriundos de Necochea saltaron a escena para abrir una noche a puro Rock Libre, como ellos denominan su estilo. Los cinco hermanos Andersen, Horacio Rodríguez, Andrés Nör y Julián Ropero estaban listos para inaugurar el nuevo verano, contagiando al decimoquinto del siglo con su vitalidad.
A lo largo de la casi hora y media de show, han recorrido sus dos discos publicados hasta la fecha, pasando por su ya habitual cover de Libertad de Kase-O, su canción en conjunto con Kaio Cortez, Perigosa, y presentando dos canciones que pertenecerán a su próximo álbum de estudio, Danza de Antalgia: La Bisagra, y Flor de Tilcara. El setilist contó con la participación de Joaquín Varela (Jeites) en Viajo con el Sol; con el ya habitual solo de Valentín Andersen antes de las últimas canciones que más pogo encienden en las misas planeras; y con el característico cántico, cada tanto, de "Este es El Plan, este es El Plan, El Plan de la Mariposa, El Plan de la Mariposa...", que toma la dimensión de ser coreado por una enorme hinchada, que ya ingresó en la categoría de jingle para los seguidores del conjunto.
El espectáculo en el que cada integrante cumple su rol a la perfección, con las cuerdas potentes y siempre al frente, con las melodías de vientos y teclas que estremecen los sentimientos, con la percusión acompañando cada ritmo, con la voz masculina al mando (cuyo portador realiza con creces el rol de frontman) y con la dulzura, y al mismo tiempo desgarro, de la voz femenina.
Una banda que se supera presentación tras presentación, y en las cuales siempre se logra oír a más de una persona comentar cosas como "que buenos son estos pibes, nunca los había escuchado". Será la receta del octeto que, a través de la incorporación de elementos del folk, de la murga, y de tantos otros sonidos heterogéneos, ganan nuevos adeptos y hacen que se te suelten las extremidades y puedas gozar de dicha fiesta.
Lista de temas:
Guruchain
El Maizal
Regalado
Braian
Viajo con el Sol
Espuma
Flor de Tilcara
Milamento
Bajón de Domingo
Libertad
La Bisagra
Perigosa
Lazinha
Fanchanga
Te Quiero
Mujeres que Bailan
La Cobardía
Ayer por la noche se presentó en Mar del Plata, en el Teatro Roxy del Centro de Arte RadioCity + Roxy + Melany, San Luis 1750, Victor Wooten junto con sus dos compañeros de proyecto, Regi Wooten, en guitarra, y J.D Blair, en batería. Supuso la primer visita a la ciudad del músico estadounidense.
Regi Wooten
La entrada estuvo a cargo del trío conformado por Alejandro Serravalle (bajo), Lucas Muñoz (teclado) y Jeremía Scoccimarro (batería), quienes dejaron a disposición, con todas las butacas ocupadas, la sala para el plato principal. Exactamente a las 22:30, Victor Wooten salió al escenario y, luego de que su asistente anunciara “por favor, no saquen fotos con flash porque a Victor le molesta”, empezó su show.
Interpretó de manera solitaria The Lesson, canción perteneciente a su disco solista Palmystery, para luego dar bienvenida a su hermano mayor, Regi Wooten, a quien luego apodaría The teacher por ser quien lo introdujo en el instrumento a la temprana edad de 2 años, y a J.D Blair, prestigioso baterista con quien ya había compartido giras y estudio.
J.D Blair
La lista de temas comenzó muy arriba con el funk y con Blair como personaje excluyente, aportando con su humor a la risa de los espectadores. Luego, el setlist entró en una meseta cuando los hermanos Wooten – esto es una opinión exclusiva a la que todos están invitados a criticar –pecaron de virtuosos: solos interminables que con el correr de los minutos pierden su esencia, solos que por momentos son solo tapping y slap sin sentido, solos que no me transmitieron ninguna emoción. Esto no significó que la sala no alabara y ovacionara a los músicos.
Sin embargo, el espectáculo tuvo sus puntos altos con las vocalizaciones de los tres integrantes y con versiones de canciones del gran Chick Corea. Incluso se atrevieron a, entre tantas notas por segundo, disminuir el ritmo e interpretar Kashmir de Led Zeppelin. El cierre fue una de las cosas más llamativas: Victor Wooten comienza una cuenta regresiva desde el 11. Con el número nombrado mutaban los compases utilizados, a los cuales los intérpretes se adaptaban – realmente son tres metrónomos humanos -, durante los cuales improvisaban y el líder del proyecto demostraba por qué tiene 5 premios Grammy en su haber.
Todo finalizó con el grito del moreno: ¡ZERO! Seguido por la locura de los presentes, quienes luego esperarían largo rato afuera para poder conseguir una foto con ellos. En total fueron dos horas de música que complacieron a los afortunados que pudimos presenciarlo.